Fins al 25 de maig, el Museu Nacional d’Art de Catalunya exposa Jo faig el carrer. Joan Colom, fotografies 1957-2010, la més gran retrospectiva que s’ha fet mai de l’artista barceloní, que aprofita l’arxiu que el mateix autor va cedir al museu. Aprofitant l’avinentesa —un esdeveniment cultural de primer ordre—, recuperem un text sobre el fotògraf escrit per Anna Mosquera i publicat a la difunta revista Interzona la primavera de 2004.

El podeu llegir aquí a sota o si ho preferiu us podeu baixar el PDF: Joan Colom: El espía improvisado. 

joan-colom-2
Joan Colom: el espía improvisado

Anna Mosquera. Imágenes: Joan Colom

A veces, la modernidad más rompedora nace de sencillos intereses y actitudes cautelosas. A veces, la modernidad se lleva dentro; aparece como algo intuitivo, intrínseco en el carácter de algunas personas que no persiguen crear un nuevo orden de las cosas, sino expresarse libremente y transmitir su visión del mundo. A veces, el gesto más espontáneo lleva al resultado más sorprendente. A veces, la humilde voluntad de esquivar la norma, simplemente porque se queda pequeña, concluye en la obra más transgresora. y probablemente ése es el caso de Joan Colom. Profesionalmente, la trayectoria del ganador del Premio Nacional de Fotografía del año 2002 es bastante inusual. De hecho, él nunca se consideró más que un amateur, a pesar de haber estado a punto de trabajar para Europa Press y de haber realizado diversos encargos como freelance.

Nacido en Barcelona en abril de 1921, su interés por la fotografía no surgió hasta los 36 años, cuando ingresó en la Agrupació Fotogràfica de Catalunya. Con tenacidad y un indiscutible talento innato, aprendió rápidamente los trucos del oficio, convirtiéndose en un aficionado entregado, asiduo a concursos y salones, en los que participaba con considerable éxito. En 1958 ganó el Primer Premio del III Concurso Nacional de Fotografía Artística, otorgado por la Agrupación Fotográfica de Guadalajara, y fue también seleccionado para la Bienal Internacional de Fotografía de Pescara. El año siguiente publicó en la revista Arte Fotográfico, entre otras menciones, galardones y exposiciones.

En 1960 nació el grupo El Mussol, integrado por Colom, Jordi Munt, Enric Garcia Pedret, Ignasi Marroyo, Josep Albero, Antoni Boada, Josep Bros y Jordi Vilaseca. Más que con vocación de “movimiento”, el grupo se creó a través de la amistad cultivada en el seno de la Agrupació y respondía a una instintiva idea común de empezar a hacer las cosas de forma diferente. El esteticismo y la corrección, que hasta el momento habían dominado los ambientes fotográficos de la época, se dibujaban ya asfixiantes y limitados para las jóvenes generaciones. El Mussol actuaba como un todo compacto, nadie firmaba las instantáneas, de manera que se reafirmaba así el concepto de unidad; unidad en la forma de entender la fotografía.

Entre 1957 y 1965 se dio en Barcelona una corriente llamada “la nueva vanguardia”. Contra las tendencias más conservadoras que encontraban sus raíces en el pictorialismo y el clasicismo, aparecían por esas fechas los trabajos de autores como Oriol Maspons, Xavier Miserachs o Ramón Masats, y Joan Colom se empapaba de ellos, aunque no quería conocer en profundidad el trabajo de otros profesionales, para librarse de influencias. Colom adivinaba que el arte necesitaba de otros caminos, pero no fue la suya una lucha armada y ruidosa, sino una búsqueda personal e íntima que dio como fruto una bofetada a las mentes timoratas.

La carrera fotográfica de Joan Colom tiene un punto culminante: sus retratos del Barrio Chino de Barcelona, realizados entre 1958 y 1960. Sus imágenes más conocidas, las que le dieron un reconocimiento público general y las que le hicieron abandonar la práctica de la fotografía unos años después.

Trabajando como contable en una empresa textil (empleo que no abandonó hasta su jubilación), Colom no tenía más tiempo para su “afición” que los fines de semana. La necesidad imperiosa de contar lo que pasaba en aquellas estrechas calles le llevó a recorrer irremediablemente cada rincón del barrio durante dos compulsivos años. Fue poner los pies en el Chino y saber que debía capturar su esencia, congelar el alma de un país aparte, de un universo extraño para el que pocos tenían entrada. Los unos por miedo, por ignorancia los otros, por esquemas demasiado rígidos que dividían la ciudad con murallas invisibles.

joan-colomEn esos callejones encontró la Humanidad, con mayúsculas. No gente anónima, ni gente que anda deprisa, no gente urbana y gris. Son hombres, mujeres y niños cuyas vidas se despliegan ante nosotros, a través de sus miserias y carencias. Las desgracias les ponen rostro, son facciones cinceladas de una en una, con la precisión y la paciencia de la penuria y las privaciones. Y Colom quería darlos a conocer, porque, según sus palabras, “es quizá la única oportunidad que tienen todos estos seres de existir para los demás”.

Pero, para conseguir un testimonio fidedigno, la realidad no debe manipularse. Tenía que olvidarse de permisos y poses, de encuadres estudiados o sonrisas forzadas. Tenía que captar el tiempo en sí mismo, el momento, los pensamientos que no duran ni un segundo. Para eso decidió aprender a disparar sin mirar por el visor. Una Leica M2 fue su mejor aliada. Le permitía capturar algo de luz en la penumbra de las esquinas, al anochecer, cuando el bullicio del arrabal empezaba a despuntar. Perfeccionó su técnica ante el espejo, disparando desde abajo, consiguiendo fotos clandestinas de un valor incalculable. Sus compañeros admiraban su destreza y rapidez extremas, habilidades que, junto a un físico discreto que le ayudaba a pasar desapercibido, le llevaron a apresar perturbadores paisajes humanos. Putas, tullidos y pobres son los protagonistas de este documental furtivo.

El mismo fotógrafo no se ha cansado de repetir que no se trataba de ningún tipo de denuncia. Un enorme respeto era el que le llevó a sacar a la luz las vidas de estos pobladores del margen; su compromiso con la realidad, el que le guió por las aceras durante aquel tiempo. Pero, inevitablemente, nos encontramos delante de una fotografía social. Quizá no política, quizá sin el trasfondo crítico de las imágenes del mismo barrio que la anarcosindicalista austríaca Margaret Michaelis tomó en los años treinta, pero, sin ninguna duda, se trata de una fotografía que pretende hacernos reflexionar, que nos golpea la conciencia y nos habla de la existencia de unas barreras sociales insalvables. Colom entra en este terreno casi sin proponérselo. Él no pretendía erigirse en paladín de ninguna causa, pero su honestidad y su sentido de la compasión le convirtieron en el reportero de esa marginalidad, rompiendo así las reglas conservadoras y obsoletas que regían el arte (y la vida) de aquellos años. Mirando con el ojo, y no con la cámara, consiguió algunas de las postales más sugestivas de la época.

En 1961 se expuso en la Sala Aixelà el trabajo que Colom había estado realizando en el Barrio Chino los dos años anteriores. Ya había expuesto antes en esa sala, pero nunca en solitario. La exposición constaba de 40 fotografías, que seguían el orden impuesto por el mismo autor. Las primeras, de niños (entre éstas se encuentra la única imagen preparada, la de un equipo de fútbol improvisado). Después, personajes estáticos seguidos de una serie de personas en movimiento. Para acabar, las prostitutas, y una guinda final: un perro defecando y un tomate estrellado contra el suelo, a modo de charco de sangre, como una metáfora de la rabia y la impotencia del artista ante un mundo lleno de sufrimiento que no puede cambiar.

Esta muestra estuvo itinerando hasta 1963, con respuestas y críticas desiguales. Nadie dudaba del talento del fotógrafo, pero a menudo se consideraban impúdicos e indecentes los temas escogidos. Incluso, en Tortosa, un agente de policía se tomó la justicia por su mano, clausurando a exposición hasta que no se le entregara el certificado de aprobación del departamento de Censura. Finalmente, dicho departamento aprobó la muestra.

En 1964, la editorial Lumen lanzó la colección Palabra e Imagen, donde se conjugaban la obra de un reconocido fotógrafo y la prosa de algún escritor de prestigio. Aparece entonces Izas, rabizas y colipoterras, como iniciativa directa de la directora, Esther Tusquets. Camilo José Cela fue el escogido para ilustrar las imágenes de Colom. El reportaje del Barrio Chino había sido finalizado unos años antes y se le solicitó al ilustre literato que creara un texto en consonancia. Pero Cela no se dignó ni a visitar las calles que debía describir y le bastaron algunas instantáneas para elaborar su texto. La sorpresa de Colom fue enorme al darse cuenta de que habían escogido solamente las imágenes de prostitutas, seccionando así el relato completo de sus negativos, burlándose de los personajes y potenciando un carácter morboso que él jamás había perseguido. Los contactos de Cela con Fraga Iribarne les permitieron sortear la censura, pero el escándalo era irremediable en tiempos de represión y prohibiciones.

Tanto fue así, que una de las mujeres retratadas por Colom presentó una demanda. La acusación no prosperó, pero todo el asunto afectó enormemente al fotógrafo, que desde aquel momento se apartó de la fotografía. No se sabe con exactitud hasta cuándo se mantuvo alejado, pero parece claro que retomó la cámara hacia 1986, cuando se retiró. Fue también por estas fechas cuando empezaron a realizarse exposiciones retrospectivas de los fotógrafos españoles más representativos de los años cincuenta y sesenta, mostrándose de nuevo el trabajo de Joan Colom. Él se pasó al color, pero siguió retratando las calles de su ciudad, los itinerarios que tan bien conoce. Estas imágenes permanecen todavía inéditas, pero el archivo de Colom conserva un orden de contable y ha cedido parte de su obra a diversos museos, fundaciones y editoriales. José Luis Guerín intercaló en su film En construcción algunas secuencias digitalizadas de las películas que Colom rodó en 8 mm también en el Barrio Chino.

Joan Colom es pues un fotógrafo inusual. Por su tierna mirada ante las más amargas de las existencias, por su método iconoclasta, por su deseo de ser “un notario de su época”, sin más pretensión. Y de esa sencillez nace una obra compleja y cruda, de grano grueso y difícil esperanza. Su impulso nos entrega una verdad que no siempre queremos ver.