O lo que es lo mismo: Feria del Libro de Frankfurt

El sueño de todo editor es pasearse por los infinitos pasillos de la Feria de Frankfurt olfateando entre las páginas de las novedades publicadas en otros países para descubrir el último bombazo literario. La información facilitada por los scouts —para que nos entendamos: los espías que cada uno tiene en otros mercados— es también de vital importancia a la hora de apostar por algún manuscrito. Ellos saben antes que nadie qué autor se cotiza al alza, qué está demandando el público de tal o cuál idioma o a qué editorial hay que imitar porque se está forrando con las ventas de vete-tú-a-saber qué nueva tendencia. Se dice y se comenta, además, que es precisamente en los pasillos y en las fiestas paralelas donde se firman los contratos más suculentos, así que hay que ir a Frankfurt con una buena dosis de energía, zapato plano y Alka-Seltzer en el bolsillo, porque las jornadas de trabajo son maratonianas. Está claro que Frankfurt es un destino imprescindible para grandes empresas. Ahí se cierran tratos millonarios, como la adquisición por parte de Random House Mondadori de todos los derechos de la obra de Borges —este año Argentina era la invitada de honor—. Y es también el lugar donde los agentes pueden promocionar mejor a sus fichajes. En resumen: la feria del libro de Frankfurt es el lugar ideal para todo aquel que quiera vender y todo aquel que esté interesado en comprar antes que nadie un nuevo hype. Para saber lo que se cuece en otros continentes o para dar a conocer un proyecto nuevo.

Pero hay otro tipo de negocio que se gesta desde los despachos, en casa de cada uno. Existen muchas pequeñas editoriales que no pueden permitirse un stand en la feria, ni, de hecho, un par de noches de hotel durante esos días, que dicho sea de paso, deben reservarse con casi un año de antelación. Estos sellos independientes no buscan dar el campanazo publicando lo nuevo de Dan Brown, probablemente porque no pueden ni soñar con pagar los royalties que se piden. Y aunque están al quite de las modas literarias y de quién es la nueva firma a la que hay que seguir de cerca, construyen su catálogo con otro tipo de criterio. Buscan joyas olvidadas, rarezas, escritores procedentes de tierras remotas… libros por los que, a priori, no se pelea nadie, pero que tienen tanto o más valor que aquellos que están en boca de todos (por citar un ejemplo de este año: Purge, de la finlandesa Sofi Oksanen).

Sea como sea, la Feria de Frankfurt sigue siendo para todos los editores como la Meca: hay que ir al menos una vez en la vida. Y nosotros, que aspiramos a poder publicar libros algún día, estamos deseando ir de peregrinación.

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